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ENTREGA DEL «PREMIO RATZINGER» EN SU PRIMERA EDICIÓN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Sala Clementina
Jueves 30 de junio de 2011

 

Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado,
distinguidos señores y señoras:

Ante todo quiero expresar mi alegría y gratitud por el hecho de que, con la entrega de su premio teológico, la Fundación que lleva mi nombre reconoce públicamente la obra realizada a lo largo de toda una vida por dos grandes teólogos, y a un teólogo de la generación más joven le da un signo de estímulo para progresar en el camino emprendido. Con el profesor González de Cardedal me une un camino común de muchos decenios. Ambos comenzamos con san Buenaventura y dejamos que él nos indicara la dirección. En una larga vida de estudioso, el profesor González ha tratado todos los grandes temas de la teología, y eso no simplemente reflexionando y hablando de ella desde un escritorio, sino también confrontándose siempre con el drama de nuestro tiempo, viviendo y también sufriendo de una forma muy personal las grandes cuestiones de la fe y así las cuestiones del hombre de hoy. De este modo, la palabra de la fe no es algo del pasado; en sus obras se hace verdaderamente contemporánea a nosotros. El profesor Simonetti nos ha abierto de un modo nuevo el mundo de los Padres. Precisamente mostrándonos desde el punto de vista histórico con precisión y atención lo que dicen los Padres, ellos se vuelven personas contemporáneas a nosotros, que hablan con nosotros. El padre Maximilian Heim recientemente ha sido elegido abad del monasterio de Heiligenkreuz en Viena —un monasterio rico en tradición— asumiendo así la tarea de hacer actual una gran historia y llevarla hacia el futuro. En esto, espero que el trabajo sobre mi teología, que él nos ha ofrecido, pueda ser útil y que la abadía de Heiligenkreuz pueda desarrollar ulteriormente, en nuestro tiempo, la teología monástica, que siempre ha acompañado a la universitaria, formando con ella el conjunto de la teología occidental.

Con todo, no me corresponde a mí hacer aquí una laudatio de los premiados, pues ya la ha hecho el cardenal Ruini de manera competente. Ahora bien, la entrega del premio puede brindar la ocasión para reflexionar por un momento en la cuestión fundamental de qué es de verdad la «teología». La teología es ciencia de la fe, nos dice la tradición. Pero aquí surge inmediatamente la pregunta: realmente, ¿es posible esto?, o ¿no es en sí una contradicción? ¿Acaso ciencia no es lo contrario de fe? ¿No cesa la fe de ser fe cuando se convierte en ciencia? Y ¿no cesa la ciencia de ser ciencia cuando se ordena o incluso se subordina a la fe? Estas cuestiones, que constituían un serio problema ya para la teología medieval, con el concepto moderno de ciencia se han vuelto aún más apremiantes, a primera vista incluso sin solución. Así se comprende por qué, en la edad moderna, la teología en amplios sectores se ha retirado primariamente al campo de la historia, con el fin de demostrar aquí su seria cientificidad. Es preciso reconocer, con gratitud, que de ese modo se han realizado obras grandiosas, y el mensaje cristiano ha recibido nueva luz, capaz de hacer visible su íntima riqueza. Sin embargo, si la teología se retira totalmente al pasado, deja hoy a la fe en la oscuridad. En una segunda fase se ha concentrado en la praxis, para mostrar cómo la teología, en unión con la psicología y la sociología, es una ciencia útil que da indicaciones concretas para la vida. También esto es importante, pero si el fundamento de la teología, la fe, no se transforma simultáneamente en objeto del pensamiento, si la praxis se refiere sólo a sí misma, o vive únicamente de los préstamos de las ciencias humanas, entonces la praxis queda vacía y privada de fundamento.

Estos caminos, por tanto, no bastan. Por más útiles e importantes que sean, se convierten en subterfugios, si queda sin respuesta la verdadera pregunta: ¿es verdad aquello en lo que creemos, o no? En la teología está en juego la cuestión sobre la verdad, la cual es su fundamento último y esencial. Una expresión de Tertuliano puede ayudarnos a dar un paso adelante; él escribe: «Cristo no dijo: “Yo soy la costumbre”, sino “Yo soy la verdad”» — non consuetudo sed veritas (Virg. 1, 1). Christian Gnilka ha mostrado que el concepto consuetudo puede significar las religiones paganas que, según su naturaleza, no eran fe, sino que eran «costumbre»: se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales y así se espera estar en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino. El aspecto revolucionario del cristianismo en la antigüedad fue precisamente la ruptura con la «costumbre» por amor a la verdad. Tertuliano habla aquí sobre todo apoyándose en el Evangelio de san Juan, en el que se encuentra también la otra interpretación fundamental de la fe cristiana, que se expresa en la designación de Cristo como Logos. Si Cristo es el Logos, la verdad, el hombre debe corresponder a él con su propio logos, con su razón. Para llegar hasta Cristo, debe estar en el camino de la verdad. Debe abrirse al Logos, a la Razón creadora, de la que deriva su misma razón y a la que esta lo remite. De aquí se comprende que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología; debía interrogarse sobre la racionabilidad de la fe, aunque naturalmente el concepto de razón y el de ciencia abarcan muchas dimensiones, y así la naturaleza concreta del nexo entre fe y razón debía y debe ser sondeada siempre de nuevo.

Así pues, aunque el nexo fundamental entre Logos, verdad y fe, se presente claro en el cristianismo, la forma concreta de ese nexo ha suscitado y suscita siempre nuevas preguntas. Es evidente que en este momento esa pregunta, que ha interesado e interesará a todas las generaciones, no puede tratarse detalladamente, ni siquiera en grandes líneas. Yo sólo quiero proponer una pequeñísima nota. San Buenaventura, en el prólogo a su Comentario a las Sentencias habla de un doble uso de la razón, de un uso que es inconciliable con la naturaleza de la fe y de otro que, en cambio, pertenece propiamente a la naturaleza de la fe. Existe —así se dice— la violentia rationis, el despotismo de la razón, que se constituye en juez supremo y último de todo. Este tipo de uso de la razón ciertamente es imposible en el ámbito de la fe. ¿Qué entiende con ello san Buenaventura? Una expresión del Salmo 95, 9 puede mostrarnos de qué se trata. Aquí dice Dios a su pueblo: «En el desierto… vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron aunque habían visto mis obras». Aquí se alude a un doble encuentro con Dios: ellos «habían visto». Pero esto a ellos no les basta. Ponen «a prueba» a Dios. Quieren someterlo al experimento. Por decirlo así, Dios es sometido a un interrogatorio y debe someterse a un procedimiento de prueba experimental. Esta modalidad de uso de la razón, en la edad moderna, alcanzó el culmen de su desarrollo en el ámbito de las ciencias naturales. La razón experimental se presenta hoy ampliamente como la única forma de racionalidad declarada científica. Lo que no se puede verificar o falsificar científicamente cae fuera del ámbito científico. Con este planteamiento, como sabemos, se han realizado obras grandiosas. Que ese planteamiento es justo y necesario en el ámbito del conocimiento de la naturaleza y de sus leyes, nadie querrá seriamente ponerlo en duda. Pero existe un límite a ese uso de la razón: Dios no es un objeto de la experimentación humana. Él es Sujeto y se manifiesta sólo en la relación de persona a persona: eso forma parte de la esencia de la persona.

En esta perspectiva san Buenaventura alude a un segundo uso de la razón, que vale para el ámbito de lo «personal», para las grandes cuestiones del hecho mismo de ser hombres. El amor quiere conocer mejor a aquel a quien ama. El amor, el amor verdadero, no hace ciegos, sino videntes. De él forma parte precisamente la sed de conocimiento, de un verdadero conocimiento del otro. Por eso, los Padres de la Iglesia encontraron los precursores y predecesores del cristianismo —fuera del mundo de la revelación de Israel— no en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres que buscaban a Dios, que buscaban la verdad, en los «filósofos»: en personas que estaban sedientas de la verdad y por tanto se encontraban en camino hacia Dios. Cuando no hay este uso de la razón, entonces las grandes cuestiones de la humanidad caen fuera del ámbito de la razón y desembocan en la irracionalidad. Por eso es tan importante una auténtica teología. La fe recta orienta a la razón a abrirse a lo divino, para que, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca. La iniciativa para este camino pertenece a Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su Rostro. Por consiguiente, forman parte de la teología, por un lado, la humildad que se deja «tocar» por Dios; y, por otro, la disciplina que va unida al orden de la razón, preserva el amor de la ceguera y ayuda a desarrollar su fuerza visual.

Soy muy consciente de que con todo esto no se ha dado una respuesta a la cuestión sobre la posibilidad y la tarea de la recta teología, sino que sólo se ha puesto de relieve la grandeza del desafío ínsito en la naturaleza de la teología. Sin embargo, el hombre necesita precisamente este desafío, porque ella nos impulsa a abrir nuestra razón interrogándonos sobre la verdad misma, sobre el rostro de Dios. Por ello damos las gracias a los premiados, que en su obra han mostrado que la razón, caminando por la pista trazada por la fe, no es una razón alienada, sino la razón que responde a su altísima vocación. Gracias.

 

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana

  

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