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VÍA CRUCIS EN EL COLISEO
PALABRAS DEL
SANTO PADRE
BENEDICTO XVI AL FINAL DEL VÍA CRUCIS EN EL COLISEO
Palatino Viernes Santo 22 de abril
de 2011
(Vídeo)
Galería fotográfica
Queridos hermanos y hermanas
Esta noche hemos acompañado en la fe a Jesús en el recorrido del último
trecho de su camino terrenal, el más doloroso, el del Calvario. Hemos escuchados
el clamor de la muchedumbre, las palabras de condena, las burlas de los
soldados, el llanto de la Virgen María y de las mujeres. Ahora estamos sumidos
en el silencio de esta noche, en el silencio de la cruz, en el silencio de la
muerte. Es un silencio que lleva consigo el peso del dolor del hombre rechazado,
oprimido y aplastado; el peso del pecado que le desfigura el rostro, el peso del
mal. Esta noche hemos revivido, en el profundo de nuestro corazón, el drama de
Jesús, cargado del dolor, del mal y del pecado del hombre.
¿Que queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucifijo, una Cruz
elevada sobre el Gólgota, una Cruz que parece señalar la derrota definitiva de
Aquel que había traído la luz a quien estaba sumido en la oscuridad, de Aquel
que había hablado de la fuerza del perdón y de la misericordia, que había
invitado a creer en el amor infinito de Dios por cada persona humana.
Despreciado y rechazado por los hombres, está ante nosotros el «hombre de
dolores, acostumbrado a sufrimientos, despreciado y evitado de los hombres, ante
el cual se ocultaban los rostros» (Is 53, 3).
Pero miremos bien a este hombre crucificado entre la tierra y el cielo,
contemplémosle con una mirada más profunda, y descubriremos que la Cruz no es el
signo de la victoria de la muerte, del pecado y del mal, sino el signo luminoso
del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás
habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros,
se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos
la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él. La Cruz nos habla de la fe
en el poder de este amor, a creer que en cada situación de nuestra vida, de la
historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y
darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está
el germen de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la
tierra.
En esta noche cargada de silencio, cargada de esperanza, resuena la
invitación que Dios nos dirige a través de las palabras de san Agustín: «Tened
fe. Vosotros vendréis a mí y gustareis los bienes de mi mesa, así como yo no he
rechazado saborear los males de la vuestra… Os he prometido la vida… Como
anticipo os he dado mi muerte, como si os dijera: “Mirad, yo os invito a
participar en mi vida… Una vida donde nadie muere, una vida verdaderamente
feliz, donde el alimento no perece, repara las fuerzas y nunca se agota. Ved a
qué os invito… A la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna,
a ser hermanos míos..., a participar en mi vida”» (cf. Sermón 231, 5).
Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado y pidamos en la oración:
Ilumina, Señor, nuestro corazón, para que podamos seguirte por el camino de la
Cruz; haz morir en nosotros el «hombre viejo», atado al egoísmo, al mal, al
pecado, y haznos «hombres nuevos», hombres y mujeres santos, transformados y
animados por tu amor.
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
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