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BENEDICTO XVI
MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, 25 de diciembre de
2011
(Vídeo)
Galería fotográfica
Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero
Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama.
Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace
resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad,
lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el
Salvador de todos.
Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y
legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a
salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos! ¡Ven a salvarnos! Este es el clamor
del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las
dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte,
una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano
es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido
a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla
en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf. Sal
40,3).
Sí, esto es lo que significa el nombre de aquel Niño, el nombre que, por voluntad
de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf.
Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos
sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de
la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, de
rivalizar con Dios y ocupar su puesto, de decidir lo que es bueno
y lo que es malo, de ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7).
Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos
salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni
ad salvandum nos - Ven a salvarnos».
Ya el mero hecho de elevar esta súplica al cielo nos pone en la posición
justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos
los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est 10,3f [griego]).
Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico,
nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia
la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro
orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la
vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escuche y que pueda venir en
nuestro auxilio.
Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no
sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí
mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra
condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado
en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas,
llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo
el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta
vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la
nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.
Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo,
dirijámonos en esta Navidad de 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y
digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas
que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.
Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de
África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un
persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar
su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su
dignidad.
Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático,
especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación
de dificultad a causa de las recientes inundaciones.
Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía
hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y
la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a
la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la
violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la
plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado
vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en
los países del norte de África y Oriente Medio.
Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la
colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que
nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región
africana de los Grandes Lagos y fortaleza el compromiso de los habitantes de
Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos
Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el
niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje
universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la
bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad
salvandum nos».
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
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